Leer, partir, anclar, seguir…

Liset Lantigua

No recuerdo a qué hora del día allá, en mi infancia, el color azul rasgó la calma de la biblioteca y trajo el mar. Recuerdo haber abierto los ojos a las proporciones: el pueblo, los gorriones, las aceras opacas y apenas algún paralelismo entre el añil oceánico del mar lejano (lo echaba de menos todos los días) y el cielo tendido sobre las casas. Tenía frente a mí El cochero azul, el libro de la escritora cubana Dora Alonso. En la fascinación de ese momento, la bibliotecaria susurró, como si fuese parte de una marea tranquila, que ya era hora de cerrar. Fue tarde también para ella: la vi azul. Y en el trayecto hacia mi casa vi azules los perros, las bicicletas, un caballo, el tren, los lirios…

De tanto mirar el mar durante años y años, Martín acabó por desear que cuanto lo rodeara fuera del mismo color azul. Para tratar de conseguirlo, compró una lata de esmalte azul y una brocha, llamó a sus hijos para que lo ayudaran y empezó por pintar el coche de la rueda a las varas. Pero, al terminar el trabajo, los tres se vieron muy deslucidos dentro del flamante carruaje. Luego de discurrir por breve tiempo, decidieron teñir del mismo tono la ropa que vestían, el calzado, los sombreros y tratar de agenciarse tres pelucas de largos pelos que flotarían al viento como banderolas.

Hace 2200 años a. n. e. los egipcios lograron el primer pigmento artificial de la historia a partir de una mezcla de minerales, y era azul. Lo llamaron azul egipcio. El nuevo pigmento puso el universo en los sarcófagos y vasijas de quienes pudieran pagarlo. Después aparecieron otros azules: el ultramar, nacido del polvo de una piedra preciosa llamada lapislázuli. Sus resonancias poéticas surcaron el modernismo con Darío:

En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de lapislázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas.

No sé si lo soñé o lo viví, pero en mi juventud, en el parque que estaba frente a la biblioteca Gener y Del Monte, de Matanzas, se iba a filmar la serie francesa Tierra índigo. Yo quería ser extra ese día. Quería aparecer de espaldas, como una mujer de época en la tragedia transoceánica de la serie, pero debí conformarme con contemplar, por un instante, el vestido azul índigo de la protagonista, y con regresar a los trenes sintiendo que entre ser y no ser había algo humillante llamado extra, casting, fatalismo geográfico… Volví al pueblo cuando oscurecía y antes de dormir toda esa noche de apagón, me metí en una bata sin color alguno que volvió a recordarme el vestido azul índigo de la actriz.

En ese tiempo escribí mis primeras décimas. Les puse Azul:

Ápice de sol, tan poco
nos ha quedado: su ruedo…
Quimérico el mar, no puedo
sobrevivir si lo toco.
Acaso rompa ese loco
la gravedad del paraje.
Lanzo tu nombre al celaje:
Azul, Azul... y la ola
baña tu figura sola.
Te vas, te vas del paisaje.

Sin la necesidad de escribir sobre esto no hubiese podido armar el trayecto de la experiencia lectora. De El cochero azul de Dora Alonso al origen mismo del azul y al parque de la Gener y Del Monte durante una filmación de la que no logré ser extra, y anclo finalmente en las primeras décimas escritas por mí en mi pequeño pueblo, tampoco recuerdo a qué hora, pero fue a mano –como era la vida de entonces– y recuerdo que pensé en Darío al final, en su Azul. Y también recuerdo que al escribirlas acepté haber llegado a tiempo a algo sin casting, sin boleto y sin pedir permiso. Y si eso no es seguir, no sé qué es… Todo comenzó con esa punta de hilo que enlaza el más importante de los aprendizajes, el más complejo y bello proceso de síntesis elaborado por nuestro cerebro en un interludio de luz y sentidos que nos expone semánticamente a la verdadera dimensión de la libertad, como lo es el acto lector.

Ese triple movimiento consigna la relación de los verbos partir, anclar y seguir en el contexto de la lectura: el verbo partir, después del verbo leer, abre la primera puerta: cuando leemos iniciamos otra andadura. Anclamos, porque al leer asociamos, relacionamos, inferimos, pero, sobre todo, recordamos y construimos memoria. Y seguimos, que siempre es mucho más edificante que transcurrir, pues hay como una rebeldía en ello, un consenso con la resistencia y con la vida misma. El orden de ese movimiento puede variar: a veces ocurre que al recordar anclamos en una lectura, y a veces la vida es la arena que retiene al ancla, como en lo que sigue.

En el mes de abril estuve con tres amigas escritoras en Baños (una ciudad de la provincia de Tungurahua, en la vertiente oriental de la cordillera de los Andes ecuatorianos, reconocida por sus cascadas, sus ríos y sus montañas, y por ser la puerta de entrada a la Amazonía). Leímos en la pérgola de la biblioteca infantil El Cosmopolita –de la mano de la escritora Ana Carlota González y su esposo Carlos Soria, que han dedicado a ella buena parte de su tiempo y esfuerzos en estos últimos años, en un parque que tiene más de 40 tonos de verde (en Baños debió nacer el primer arcoíris, por cierto, allí siempre llueve con sol). En la tarde llegamos al tema de siempre: la lectura. Hablamos de las complejidades de ese acto repleto de procesos, segmentado o condicionado por un conjunto de aspectos entre los que pesan la circunstancia, la educación, el Estado y las omisiones que nos privan de acceso democrático al libro, de planes de lectura, de espacios para leer sin prisa, de buenos y bellos libros a los 7 años... Cuando ya habíamos cambiado de tema, volvimos a él a raíz de lo sucedido en una boda a la que una de nosotras estuvo invitada y parte del sermón del sacerdote oficiante convirtió la ceremonia en un desconcierto repleto de risas y vergüenza para los novios y para los invitados. Vimos las mismas interrogantes en todas: ¿será que la lectura podría evitar esta clase de desaguisados, de impertinencias públicas y privadas? ¿Será que podría alertar el sentido común y la contención? ¿Será que podría ayudar a separar la vulgaridad (a ratos violenta) del humor y de la frescura que debería regir cualquier celebración en la vida esta? El caso es que la madrugada del día siguiente trajo la noticia de la muerte del papa Francisco, y llegué –a propósito de nuestra conversación de la tarde anterior y porque la muerte ayuda a atar cabos–, a una carta que el propio papa escribió sobre el papel de la literatura en la formación de sacerdotes (extendible, por supuesto) y se publicó el 4 de agosto de 2024.

De los más de cuarenta apartados del texto tomo algunas generalidades que lo son porque refieren el valor de la lectura de literatura para cualquiera, y consignan aspectos profundamente filosóficos y peculiares del acto lector:

Sobre las posibilidades de alivio y evasión:

Con frecuencia, (…) encontrar un buen libro de lectura llega a ser como un oasis que nos aleja de otras actividades que no nos hacen bien. Tampoco faltan los momentos de cansancio, de rabia, de decepción, de fracaso, y cuando ni siquiera en la oración conseguimos encontrar la quietud del alma, un buen libro, al menos, nos ayuda a ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad. Puede ser que esa lectura consiga abrir en nosotros nuevos espacios de interiorización que eviten que nos encerremos en esas anómalas ideas obsesivas que nos acechan irremediablemente.

El papa también cuestiona la mirada que el presente le prodiga la lectura:

(…) Esta se considera a menudo como una forma de entretenimiento, es decir, como una expresión poco relevante de la cultura que no pertenece al camino de preparación (…). Quisiera afirmar que este enfoque no es bueno. Es el origen de una forma de grave empobrecimiento intelectual y espiritual en este caso, de los futuros sacerdotes, que se ven así privados de tener un acceso privilegiado al corazón de la cultura humana y más concretamente al corazón del ser humano (…).

Sobre la empatía que podría suscitar: 

Llorando por el destino de los personajes, lloramos en el fondo por nosotros mismos y nuestro propio vacío, nuestras propias carencias, nuestra propia soledad (…). Leyendo descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro, es universal (…).

Y lo que sigue, propio de quien no solo enseñó Literatura en su juventud, sino que comprendió profundamente la relación entre conocimiento y respeto:

¿Cómo podemos penetrar en el corazón de las culturas, las antiguas y las nuevas si ignoramos, desechamos y/o silenciamos sus símbolos, mensajes, creaciones y narraciones con los que plasmaron y quisieron revelar y evocar sus más bellas hazañas y los ideales más bellos, así como también sus actos violentos, miedos y pasiones más profundos? ¿Cómo hablar al corazón de los hombres si ignoramos, relegamos o no valoramos “esas palabras” con las que quisieron manifestar y, por qué no, revelar el drama de su propio vivir y sentir a través de novelas y poemas?.

He anclado en esta bella carta por la azarosa coincidencia de la noche en Baños con mis amigas, entre una anécdota hilarante antes de dormir y la paradoja de un amanecer anclado en la muerte, y quiero poner en valor el aporte de la lectura a la reserva cognitiva que erige los más importantes asideros a los que acudimos hacia el final de nuestras propias «páginas», gracias a la simbiosis entre memoria de lo directamente consumado y patrimonio de las otras vidas, parajes y tiempos proporcionados por los libros. Esa reserva conjuga nuestras locuciones e interlocuciones y los recursos con los que contamos para sobrevivir a la porosidad de los sistemas, a las humillaciones, las despedidas, los extravíos, los miedos y al paso del tiempo. Creo que en ese interregno humanísimo del acto lector perviven argumentos y respuestas que gestionamos como derechos y oportunidades, seguros de su impronta en la colectividad y en el futuro.

En este tiempo de inteligencias incorpóreas y aprendizajes aglutinantemente prácticos no me pregunto si volveré a ver el azul como lo vi en aquella tarde de biblioteca, me pregunto si la palabra azul-lectura, cercana al anclaje, a lo profundo y a la intemperie, seguirá su andadura semántica y lírica como un descubrimiento sustancial, una depuración entre lo obvio, un retazo de cielo, de tiempo, de infancia… Y doy gracias, porque leer me permitió seguir, y todo movimiento requiere de esos engranajes que fundan nuestra relación con la supervivencia: el hacer del pensamiento y de las manos esa mutua entrega indelegable que la lectura nos concedió hace tanto tiempo, cuando apenas teníamos siete años y no sabíamos que la primera puerta de nuestras vidas –por la que partiríamos– se abriría a los más de cuarenta verdes de Baños, al arcoíris y al azul.

 

Referencias:

ALONSO, D. (1975). El cochero azul. La Habana: Editorial Gente Nueva. Recuperado de Google Books.
DARÍO, R. (2003). Azul… (E. Mejía Sánchez, Ed.). Madrid: Cátedra.
FRANCISCO. (2024, 4 de agosto). Carta del Santo Padre Francisco sobre el papel de la literatura en la formación. Sala de Prensa del Vaticano.
LANTIGUA, L. (2008). Como un navío en paz. Quito: Manthra Editores.